El colosal iceberg A23a, conocido como el más grande del mundo, se desintegra tras más de cuatro décadas de vida. 

En los primeros días de abril de este año, imágenes satelitales revelaron una lamentable noticia: el iceberg A23a, reconocido como el más antiguo y grande del mundo, se fragmentó hasta el punto de dejar de ser considerado oficialmente como una sola pieza sólida. Actualmente, lo que fue esta colosal estructura se encuentra disperso en pequeños fragmentos flotando en el Atlántico Sur. 

Durante años, científicos de distintas instituciones, entre ellas la NASA y el British Antarctic Survey (BAS), realizaron un seguimiento del deterioro de este iceberg. Sin embargo, las observaciones reunidas los últimos meses enseñaron una pérdida acelerada de masa, especialmente durante el verano del hemisferio sur entre fines de 2025 y comienzos de 2026, época donde el deshielo progresó rápidamente gracias a procesos de fractura interna, la influencia de aguas más cálidas y corrientes oceánicas. 

El comienzo de la fragmentación

NASA/ZUMA Press Wire/ZUMAPRESS/picture alliance

En 1986 en la Antártida, el iceberg A23a había permanecido durante décadas inmóvil tras desprenderse de la plataforma de hielo Filchner. No obstante, en los últimos años volvió a captar la atención internacional cuando comenzó a desplazarse por el océano Austral y posteriormente hacia el Atlántico Sur. Su recorrido generó una gran preocupación en la comunidad científica debido a los posibles efectos que tendría sobre ecosistemas marinos cercanos a la isla Georgia del Sur y, a su vez, transformó al A23a en un caso de estudio excepcional para comprender cómo evolucionan las grandes masas de hielo en aguas más cálidas.

En marzo del 2025, el iceberg se quedó atrapado a aproximadamente 73 kilómetros de Georgia del Sur, hecho que puso fin a su largo recorrido iniciado años atrás. Ante este suceso, los investigadores consideraron que podría ser el comienzo de su etapa final. Si bien existían opiniones divididas sobre el impacto en las zonas de alimentación de focas y pingüinos, el deterioro acelerado del A23a ya no era una teoría, era un hecho. En el transcurso del año, grandes bloques comenzaron a desprenderse de la masa de hielo principal, y debido al tamaño de estos fragmentos, recibieron denominaciones propias y oficiales: A23g, A23h y A23i. 

No fue hasta agosto y septiembre cuando la fragmentación se volvió especialmente intensa, coincidiendo con el paso del iceberg por una zona cercana a la elevación submarina Northwest Georgia Rise, ubicada al este de las Islas Malvinas. Según los investigadores, el movimiento circular que experimentó el A23a sobre esta elevación, sumado a las altas temperaturas del océano, contribuyó a debilitar aún más su estructura. Durante varias semanas, el iceberg giró lentamente sobre una columna de agua oceánica, sometido a tensiones mecánicas constantes que favorecieron el desgaste progresivo y la aparición de nuevas fracturas y desprendimientos. 

Hidrofractura y desintegración acelerada

Fue durante el verano austral de fines de 2025 cuando los científicos comprendieron que el final del A23a estaba cerca. Debido a las altas temperaturas del aire y del océano, sobre la superficie del iceberg se acumuló agua de deshielo, formando grandes lagunas azules entre bordes elevados del hielo conocidos como ramparts. La presencia de estas acumulaciones desencadenó un proceso conocido como hidrofractura, fenómeno que ocurre cuando el peso del agua se filtra hacia grietas ya existentes, profundizándolas y ensanchándolas hasta provocar rupturas estructurales. Según los especialistas, este mecanismo fue clave en la rápida desintegración del A23a, ya que el iceberg comenzó a derretirse tanto desde abajo, por el contacto con aguas oceánicas más cálidas, como desde arriba debido al aumento de las temperaturas atmosféricas. Para entonces, los minutos de vida para el iceberg estaban contados.

Registro NASA Earth Observatory (26 de diciembre de 2025).

Las imágenes registradas durante los últimos meses de 2025 mostraban un cambio radical respecto del gigantesco bloque de hielo que el A23a había sido durante décadas. En septiembre de ese año, análisis difundidos por la Agencia France-Presse indicaban que el iceberg ya había perdido más de la mitad de su tamaño original. Aun así, seguía siendo enorme: mantenía una superficie aproximada de 1770 kilómetros cuadrados, equivalente a un poco más del tamaño total de Santiago, y cerca de 60 kilómetros de ancho en algunos sectores.

No obstante, a comienzos de enero de 2026 la NASA informó oficialmente que el iceberg se encontraba al borde de la desintegración total. En ese entonces, su superficie se había reducido a poco más de 1100 kilómetros cuadrados y continuaba disminuyendo rápidamente. Las imágenes satelitales mostraban una fracturación cada vez más extensa, junto a grandes áreas cubiertas por agua de deshielo.

Durante las semanas siguientes, el A23a aceleró su desplazamiento hacia el noreste a través del Atlántico Sur. En tan solo once días recorrió más de 700 kilómetros, impulsado por corrientes oceánicas que lo empujaban hacia zonas todavía más cálidas, por lo que la exposición prolongada a temperaturas cercanas a los 10 °C en la superficie del mar terminó debilitando aún más el hielo restante. 

En marzo de 2026 fue el último viaje de A23a; el iceberg ya se había reducido a apenas 180 kilómetros cuadrados, lo que es comparable con el tamaño de la comuna de Quintero. Por esto, los expertos sabían entonces que quedaban pocas semanas antes de su desaparición definitiva. De acuerdo con los protocolos de monitoreo, una vez que un iceberg disminuye demasiado su tamaño deja de ser rastreado oficialmente.

Finalmente, el 3 de abril de 2026, el A23a dejó de ser reconocido como un iceberg. Sus restos eran demasiado pequeños y fragmentados para continuar siguiendo su trayectoria como una única masa de hielo. El gigante de hielo había llegado a su fin.

Un laboratorio natural para estudiar la Antártida

Para la comunidad científica, la importancia del A23a trascendió más allá de su tamaño y duración. Durante los últimos meses de observación, el iceberg se transformó en una especie de laboratorio natural ambulante que permitió estudiar cómo responden las grandes masas de hielo frente a condiciones oceánicas y atmosféricas más cálidas.

Gracias a este seguimiento, los científicos reconocieron cómo estos procesos pueden entregar pistas importantes sobre el futuro de estas enormes extensiones flotantes que cumplen un papel fundamental en la estabilidad de la capa de hielo del continente. Si bien el desprendimiento y derretimiento de icebergs es un fenómeno natural dentro del ciclo antártico, algunos investigadores advierten que ciertas regiones del continente están perdiendo hielo más rápido de lo que pueden regenerarlo.

Si bien aún existe incertidumbre respecto a la velocidad en que pudieran suceder más deshielos, como Fundación Glaciares Chilenos creemos que comprender cómo se fracturan y colapsan estas estructuras debe ser una prioridad para la ciencia climática global y la protección de nuestros ecosistemas. 

En ese contexto, el comportamiento observado del A23a ofreció una oportunidad excepcional para observar procesos difíciles de estudiar directamente sobre las plataformas de hielo permanentes. Su trayecto, además, evidenció el enorme nivel de monitoreo tecnológico actual: el uso de satélites de distintas agencias espaciales hasta de la Estación Espacial Internacional. Este monitoreo avanzado de tecnología permitió seguir en tiempo real cómo el iceberg que alguna vez fue el más grande del planeta se transformaba en fragmentos dispersos sobre el océano.

A pesar de su desaparición tras más de cuarenta años de existencia, los datos recopilados durante la desintegración del A23a seguirán siendo analizados durante años. Esta información será clave para comprender los mecanismos que controlan la estabilidad del hielo antártico frente al calentamiento global. Si bien ya no puede distinguirse en el mar como una única masa, el fallecido gigante de hielo continúa entregando respuestas invaluables sobre uno de los sistemas más frágiles y decisivos del planeta. 

Imagen destacada: Ian Strachan, EYOS Expedition, Enero 16, 2024

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